La memoria humana no registra todo lo que vivimos. Selecciona. Percibimos miles de estímulos a diario, pero recordamos apenas una fracción. Este sesgo no es una falla, sino una virtud. El cerebro prioriza lo relevante, lo significativo, lo que se vincula con metas, emociones o contexto. El resto se pierde. Esta selectividad es parte de lo que nos permite funcionar en un entorno complejo. Pero ¿cómo se implementa esta selección a nivel neuronal? ¿Qué mecanismos impiden que el recuerdo se llene de ruido o se vuelva inespecífico? 

Un nuevo trabajo publicado en Nature Neuroscience en julio de 2025, realizado por investigadores de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) y del Hospital SickKids de Toronto, arroja nueva luz sobre los mecanismos que permiten al cerebro decidir qué experiencias conservar como recuerdo. A través de técnicas de imagen de voltaje genéticamente codificadas, los autores describen con una resolución temporal sin precedentes el papel que cumplen ciertas neuronas inhibidoras del hipocampo —las interneuronas PV y SST— en la selección de información durante la formación de la memoria. Lejos de codificar recuerdos por sí mismas, estas células filtran, organizan y silencian la actividad circundante, creando las condiciones para que la memoria suceda. 

Gran parte de las respuestas se localiza en el hipocampo, una estructura profunda del lóbulo temporal medial que ha sido históricamente asociada a la memoria episódica. Desde los estudios clásicos en pacientes con lesiones hipocampales hasta las investigaciones en neuroimagen funcional, el hipocampo ha demostrado ser esencial para consolidar experiencias vividas, organizar la información en el tiempo y vincular elementos dispersos de una situación en un todo coherente. Pero más recientemente se ha propuesto que su función no se limita al almacenamiento de información. Según la llamada Memory Index Theory (Tanaka & McHugh, 2018), el hipocampo no guarda los recuerdos como si fueran archivos, sino que actúa como un índice que permite reactivar, mediante patrones de actividad, representaciones distribuidas en otras áreas de la corteza. Así, funciona más como un sistema de acceso que como un depósito. 

Para que ese índice sea útil, necesita precisión. No puede activarse de forma indiscriminada ante cualquier estímulo. Si lo hiciera, los recuerdos serían confusos, redundantes o erráticos. Por eso, además de mecanismos de activación, la memoria requiere silenciamiento: inhibición estratégica de neuronas que no aportan información útil. Este control fino es ejercido por un conjunto diverso de interneuronas —neuronas especializadas en modular la actividad de otras neuronas dentro de una misma región—, cuyas propiedades funcionales y temporales son el eje del estudio que aquí se comenta. 

Las interneuronas son esenciales para mantener el equilibrio en las redes neuronales. A diferencia de las neuronas piramidales, que proyectan a largas distancias y transportan la señal de un área a otra, las interneuronas cumplen un rol local, regulador. Algunas excitan, pero muchas inhiben: reducen o bloquean la actividad de sus vecinas. En el hipocampo, dos tipos han sido especialmente estudiadas: las que expresan parvalbúmina (PV), que actúan sobre el soma de las neuronas piramidales y regulan el momento en que estas pueden disparar; y las que expresan somatostatina (SST), que modulan la actividad en las dendritas, es decir, en las regiones de entrada de señales. Ambas participan en ritmos cerebrales característicos. Las PV lo hacen en oscilaciones rápidas como gamma, que se asocian a la atención focalizada y al procesamiento preciso de detalles en tiempo real. Las SST, en cambio, se vinculan con oscilaciones más lentas como el ritmo theta, relacionadas con la navegación espacial, la codificación episódica y la sincronización entre regiones cerebrales. 

Hasta hace poco, el estudio de estas dinámicas había estado limitado por las herramientas disponibles. Las técnicas tradicionales como la electrofisiología o la imagenología de calcio presentan limitaciones: no permiten identificar tipos celulares con precisión en registros multineuronales, ni capturar cambios de voltaje subumbrales con la resolución temporal necesaria. En cambio, la tecnología utilizada en este estudio —imagenología de voltaje con sensores genéticamente codificados, específicamente ASAP3— permite registrar tanto potenciales de acción como fluctuaciones menores del voltaje de membrana, en tiempo real, en neuronas identificadas genéticamente, y en animales despiertos realizando tareas cognitivas. 

El diseño experimental incluyó un modelo de tarea olfativa de memoria de trabajo. Ratones entrenados en una variante del test de no-coincidencia con demora (DNMS) debían oler una primera sustancia, esperar cinco segundos, y luego responder sólo si el segundo olor era distinto. Esta tarea activa circuitos de memoria episódica, atención y codificación sensorial, y permite registrar patrones precisos durante cada fase del proceso. 

Lo que los autores observaron es que, al inicio del estímulo olfativo, las interneuronas PV y SST se activan brevemente, para luego entrar en un estado de hiperpolarización coordinada que reinicia el ritmo theta de la red. Este “silencio activo” cumple varias funciones. Por un lado, suprime la mayor parte de las neuronas piramidales, dejando solo un subconjunto selectivo en actividad. Por otro, alinea el momento de disparo de las neuronas activas con las oscilaciones de la red, lo cual facilita la formación de secuencias temporales estables. En conjunto, estos mecanismos aumentan la eficiencia y la precisión de la codificación: menos ruido, más señal. 

Un dato relevante es que estas dinámicas de inhibición no parecen depender del aprendizaje. Incluso en animales no entrenados, el número de interneuronas activas y sus patrones generales se mantienen. Lo que cambia con la experiencia es qué neuronas piramidales se activan y cuándo. Las interneuronas actúan como el “marco estable” sobre el que se construyen los recuerdos específicos. Son el ritmo, no la melodía. 

Este hallazgo tiene implicancias directas para comprender trastornos neurológicos donde la memoria se ve afectada. En la enfermedad de Alzheimer, por ejemplo, se ha documentado que las interneuronas PV y SST se deterioran tempranamente, lo que podría contribuir a la desincronización de las redes y a la pérdida de selectividad en la codificación (Chung et al., 2020). En esquizofrenia, se ha propuesto que una disfunción en estas mismas interneuronas podría facilitar una hiperactividad hipocampal desorganizada, lo que daría lugar a falsas asociaciones, pensamientos intrusivos o confusión en la línea temporal de los recuerdos (Lodge et al., 2023). En epilepsia, la pérdida de inhibición aumenta la probabilidad de descargas sincronizadas aberrantes. Incluso en condiciones clínicas más sutiles, como el deterioro cognitivo leve o el delirium, podrían estar implicados mecanismos similares de pérdida de inhibición funcional. 

Si bien se trata de ciencia básica en modelos animales, los resultados abren nuevas preguntas sobre cómo intervenir terapéuticamente en estas redes. ¿Podrían desarrollarse fármacos que potencien la función de interneuronas específicas? ¿Podría la estimulación rítmica externa —como la estimulación transcraneal oscilatoria— ayudar a restaurar patrones inhibitorios adecuados? ¿Puede entrenarse cognitivamente la selectividad mediante tareas dirigidas? 

En síntesis, este trabajo destaca el proceso de la memoria: su dependencia no solo de la activación, sino también de la inhibición neuronal selectiva. En ese silencio organizado reside, en gran medida, la capacidad del hipocampo para registrar lo relevante. 

Pablo Terrens 

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