Cómo impacta el aislamiento social en el cerebro humano

Resumen

En el mundo de la hipercomunicación e interconexión nos vemos obligados al aislamiento social y restricciones como nunca antes. Esta situación sin precedentes debido al brote de la COVID-19 está mostrando que las personas necesitamos el contacto social.

Los resultados psicológicos para quienes han sido puestos a la cuarentena ha mostrado prevalencia de síntomas emociona- les relacionados con la depresión, estrés, alteraciones del estado de ánimo, irritabilidad, insomnio, entre otros. También se observaron cambios de conducta a mediano plazo como aumento de compulsiones, actitud vigilante, agorafobia, anhedonia o conducta evitativa. La cuarentena parece tener consecuencias psicológicas importantes y disfuncionales en la salud mental del individuo a corto y mediano plazo.

La importancia de la interacción social se manifiesta en todo lo que hacemos. Estamos inmersos en las relaciones sociales, enseñamos, aprendemos, conversamos, jugamos, festejamos, engañamos, etcétera, siempre con otro. Estamos constantemente interactuando con personas y anhelamos los contactos con ellas. Tanto es así que el aislamiento siempre se ha usado como castigo (“ve a tu cuarto” o “no irás con tus amigos”), y más dramática y cruelmente como mecanismo de tortura (destierros, calabozos o celdas de encierro).

Entonces, ¿cuál es el mecanismo cerebral para que esto pase?

  Palabras clave      

Empatía – Neuronas espejo – Aislamiento social – Teoría de la mente – Cognición social – Soledad.

Blake A. “Cómo impacta el aislamiento social en el cerebro humano”. Psicofarmacología 2020;124:4-8. Puede consultar otros artículos publicados por los autores en la revista Psicofarmacología en sciens.com.ar

La COVID-19, enfermedad infecciosa causada por el virus SARS-CoV-2, está generando cambios significativos en la humanidad. Ha demostrado el impacto de la contaminación por parte del hombre. Ha mostrado la necesidad de invertir en los sistemas de salud, ha generado un avance compulsivo en la digitalización de las sociedades. Pero por sobre todas las cosas ha expuesto a algo que en apariencia no sería tan complicado, el aislamiento y distanciamiento social obligatorio agudo (ASOA), la cuarentena. En Argentina, por ejemplo, se sostendrá una cuarentena por más de 90 días.

¿Por qué esta condición debería resultarnos difícil a los humanos? Algunas respuestas son obvias, las condiciones del lugar del encierro, la SITUACIÓN económica, el temor a perder el trabajo, entre otras. Sin embargo, hay una que nos interesa indagar en especial ¿Hay alguna condición que nos genere vulnerabilidad en esta circunstancia?

Yuval Noah Harari, el filósofo israelí, explica muy claramente cuál ha sido la condición significativa para que los huma- nos controláramos el planeta. Somos los únicos animales que pueden cooperar flexiblemente y en masa, simultáneamente.

Hay otras especies, como las abejas, que pueden cooperar en masa, pero lo hacen de un modo extremadamente rígido. La colmena funciona de una única forma. No pueden intercambiar funciones, ni adaptarse a cambios imprevistos, y mu- cho menos reorganizar su estructura social. La abeja reina es la que se encarga de la reproducción, los zánganos están sólo para copular con la reina, luego se los desecha, y las obreras, estériles, realizan el cuidado de la colmena, las crías y búsqueda de alimentos. Si una “epidemia” termina con absolutamente todas las abejas reinas, no habrá abejas obreras que las reemplacen. Otros animales como los chimpancés pueden cooperar con mayor flexibilidad, pero lo hacen sólo en grupos de hasta poco más de 50 individuos. Superado un número, su grupo se convierte en caos. Los humanos hemos logrado cooperar a gran escala y reorganizándonos de acuerdo a las necesidades y exigencias del medio.

A partir de nuestra gran capacidad de interacción social surge una pregunta ante esta emergencia global que no pone la pandemia. ¿Cómo afectaría el “aislamiento social obligatorio colecti- vo” en nuestra condición gregaria?

Esta pregunta se la han formulado en el Institute for Brain Research, M.I.T., realizando una investigación al respecto, y que ha sido publicada en línea en marzo de este año.

Ya se había estudiado y documentado cómo el aislamiento social crónico y la soledad (ASC) se asocian con una mala sa- lud física y mental. Pero lo que este grupo se propuso, ha sido evaluar las consecuencias del aislamiento social obligatorio agudo (ASOA), que sería la condición a la que nos ha expuesto la COVID-19.

Veamos primero de dónde surge y cómo es beneficioso el lazo y la interacción social

Si bien puede resultar evidente la importancia de interac- tuar con otras personas, sólo a finales del siglo XX la neuro- ciencia comenzó a experimentar en este campo.

La importancia de la interacción social se manifiesta en todo lo que hacemos. Estamos inmersos en las relaciones sociales, enseñamos, aprendemos, conversamos, jugamos, festejamos, engañamos, etcétera, siempre con otro. Estamos constantemente interactuando con personas y anhelamos los contactos con ellas. Tanto es así que el aislamiento siempre se ha usado como castigo (“ve a tu cuarto” o “no irás con tus amigos”), y más dramática y cruelmente como mecanismo de tortura (destierros, calabozos o celdas de encierro).

Según un metaanálisis del 2015, el aislamiento social y la soledad son factores de riesgo para una mayor mortalidad (Holt-Lunstad et al.).

En la interacción con otros, recibimos inconscientemente señales sociales. Expresiones, gestos, posturas, acciones y entonación. Estas situaciones y otras más llevaron al desarro- llo de la “hipótesis del cerebro social”, presentada por Robin Dunbar, quien sugiere que las demandas que provocan las interacciones sociales producen un aumento en el neocortex para poder procesar la mayor información que genera el vivir en grupos. Y es ese mayor requerimiento el que ha impulsado la evolución del cerebro humano.

La interacción social requiere que observemos las conduc- tas de otros e interpretemos sus acciones. Es así como las relaciones sociales y el tamaño del grupo, se convierten en un lugar de aprendizaje y estimulación de la inteligencia en general, lo que es imprescindible para el desarrollo de nuestro cerebro (Dunbar y Shultz, 2007; Dunbar, 1998).

Es así como dentro de la neurociencia, se desarrolló el área de la “neurociencia social” que busca comprender cómo los estímulos sociales, tareas y contextos influyen en la función del cerebro.

En esta área de la neurociencia se han encontrado traba- jando disciplinas como la antropología, arqueología, biología, psicología y sociología, entre otras, para estudiar e intentar comprender la cognición y conducta humana, y es así como se ha llegado a dar origen al concepto de la “teoría de la mente” (ToM) (Frith, 2007; Frith y Frith, 2012).

La ToM es la capacidad que nos permite entender y tener en cuenta los estados mentales de otros, interpretándolos como producto del otro individuo con quien interactuamos y que no son ni nuestras ideas ni pensamientos. Cuando hemos desa- rrollado la ToM podemos atribuir ideas, deseos y creencias a los demás. Es una capacidad heterometacognitiva, ya que un sistema cognitivo logra conocer o interpretar los contenidos de otro sistema cognitivo.

La experiencia clínica y la bibliografía señalan que las le- siones del hemisferio derecho producen alteraciones del uso pragmático del discurso, afectación del lenguaje no verbal, incapacidad para comprender el sarcasmo o la ironía e in- capacidad para empatizar. Todas aquellas capacidades que implican inferir o atribuir intención al otro. Esta habilidad para comprender y predecir la conducta de los demás, sus conocimientos, sus intenciones, sus creencias, nos permite relacionarnos con facilidad y adecuadamente. La interpreta- ción de emociones básicas, la capacidad de comprender el discurso metafórico, la mentira, la ironía, la comprensión de las emociones sociales complejas a través de la mirada y la empatía nos acerca o aleja según el caso, a la otra persona. A esto llamamos cognición social.

En 1991, hubo un suceso muy significativo, que dio sustento neural, para entender cómo logra esto nuestro cerebro. Un equipo de neurobiólogos italianos, dirigidos por G. Rizzolatti, de la universidad de Parma, encontró unos datos inesperados en el transcurso de una investigación. Estaban trabajando en la actividad motora en simios (tomar objetos específicos), sobre la corteza premotora, que planea los movimientos. Pero inesperadamente, se registró actividad sin que el simio realizase ningún movimiento. Las neuronas del animal se activaban cuando otro sujeto realizaba tal acción. Luego de comprobaciones y de descartar posibles errores se concluyó que se había identificado un tipo de neuronas desconocidas hasta ese momento, las denominaron neuronas especulares o espejo, que se activaban como si representaran el propósito ligado al movimiento (Iacoboni, 2008; Rizzolatti, 2005; Rizzolatti & Craighero, 2004).

Las neuronas espejo forman parte de un sistema de redes neuronales que posibilitan la percepción-ejecución-intención-emoción. La simple observación de movimientos de la mano, pie o boca activa las mismas regiones específicas de la corteza motora, como si el observador estuviera realizando esos mismos movimientos. Pero además, y esto es muy significativo, el sistema produce la integración en sus circuitos neuronales de lo que sería la atribución/percepción de las in- tenciones de los otros, en otras palabras, la teoría de la mente (ToM) (Blakemore & Decety, 2001; Gallese, Fadiga, Fogassi & Rizzolatti, 1996; Gallese, Keysers & Riz- zolatti, 2004; Ia- coboni, 2008; Rizzolatti & Sinigaglia, 2006).

El estudio de la ToM nos sitúa, además, en el controvertido tema de la inteligencia emocional y social, y la inteligencia cognitiva.

El concepto de inteligencia emocional y social recoge, bási- camente, los siguientes componentes

  • La capacidad de ser conscientes y de expresar las emo- ciones propias.
  • La habilidad de ser conscientes de los sentimientos de los otros y de establecer relaciones interpersonales.
  • La capacidad para regular los estados emocionales.
  • La posibilidad de solventar los problemas de naturaleza personal e interpersonal que se nos planteen.

La capacidad de interactuar con el entorno para generar emociones positivas que nos sirvan como automotivadoras hace referencia a la inteligencia emocional, la que va unida a la inteligencia social y esta a su vez comparte algunos aspec- tos con la ToM.

Las interacciones sociales positivas en sí mismas parecen ser necesidades humanas básicas, análogas a otras necesidades básicas como el consumo de alimentos o el sueño. Si es así, la ausencia de interacción social positiva puede crear un deseo que desencadene un comportamiento para obtenerla. Y sabemos que las señales asociadas con la interacción social positiva (por ejemplo, caras sonrientes) activan los sistemas de recompensa cerebrales.

En el cerebro, la motivación (la sensación de “querer” algo), está asociado a las vías de la dopamina (DA) en el “circuito de recompensa cerebral”. Las áreas principales de estos circui- tos de recompensa comprenden el mesencéfalo dopaminér- gico, la mayoría de las neuronas DA del mesencéfalo que se encuentran en la parte compacta de la sustancia negra (SN) y el área tegmental ventral (VTA) y el cuerpo estriado. Tanto en animales como en humanos, los circuitos de recompensa dopaminérgicos se activan por recompensas inesperadas, que conducen a la activación por fases de las neuronas que libe- ran DA en el mesencéfalo.

Dos estudios más recientes se centraron en los sentimientos de “unión” durante el movimiento improvisado. Este es un fenómeno de sincronización muy frecuente para muchos bailarines, músicos y actores que deben trabajar en grupos coordinadamente (Hart et al., 2014; Noy et al., 2015). Hart y colaboradores (Hart et al., 2014) notaron que aunque los individuos tienen sus propias características de patrones de velocidad y movimiento (que usan mientras actúan como solistas), cuando se encuentran como parte del elenco, o coro, estos patrones de movimientos son diferentes, no son de ninguno de los participantes, ni son patrones promedio o intermedios, sino diferente de los patrones individuales. Esto llevó a pensar a los investigadores que, durante las acciones conjuntas, los participantes construyen patrones de movimientos más sencillos y simples de ejecutar en grupo y de ese modo más fáciles de imitar.

De acuerdo con estos hallazgos experimentales, y otros, se

estableció la “Hipótesis del cerebro interactivo (IBH) de Di Paolo y De Jaegher (Di Paolo y De Jaegher, 2012). Esta IBH supone que la experiencia interactiva y las habilidades inte- ractivas juegan un papel beneficioso para el desarrollo de las funciones sociales del cerebro. Si IBH resultara ser acertada, el comportamiento humano estaría dado por la percepción y la acción.

Como vemos el desarrollo de las capacidades sociales son un hecho evolutivo que supone ventajas tanto para el indivi- duo como para el grupo.

Probablemente estos procesos hayan comenzado cuando los homínidos nos hicimos cazadores, siendo nuestra especie, dentro de todas las especies de homínidos, la que logró el mejor modo de colaboración mutua y directa en la búsqueda y captura de la presa, así como también un cierto nivel de espe- cialización para, por ejemplo, la elaboración de instrumentos de uso práctico, la caza, la crianza entre otras actividades.

Haciendo esta cooperación de modo flexible y masivamente.

Ahora bien ¿cómo impacta entonces el ASOA?

El grupo de investigación de formado por Tomova L, Wang K, Thompson T, Matthews G, Takahashi A, Tye K, Saxe, R, de los Dep. of Brain and Cognitive Sciences, M.I.T, Mc Govern Institute for Brain Research, MIT, Salk Institute for Biological Studies y Center for Brains, Minds and Machines, MIT, dise- ñaron un experimento para observar el impacto del ASOA en humanos.

El grupo de investigación consideró las experiencias previas realizadas en roedores como el trabajo destacado de Gillian

A. Matthews, del I.M.T., y colaboradores que ya habían demostrado en ratones la presencia de una red neuronal alojada en el núcleo del rafe dorsal como la encargada de generar el deseo de interacción social en un trabajo publicado en la revista Cell.

En sus investigaciones, Gillian, observó cómo esa red neu- ronal se sensibilizaba ante las situaciones de soledad provo- cadas en los roedores. Además, la ausencia de contacto co- munitario ocasionaba un fuerte deseo de establecer vínculos sociales.

El experimento de Gillian, consistió básicamente en ais- lar a algunos ratones y examinar las consecuencias que ese aislamiento provocaba en su cerebro. En ese experimento se pudo observar que cierta red neuronal alojada en el núcleo del rafe dorsal presentaba conexiones mucho más fuertes que en aquellos animales que habían continuado en sociedad.

También se observó que cuando un ratón incomunicado se encontraba con otro que nunca había sido aislado, el núcleo del rafe dorsal del roedor aislado incrementaba considerable- mente su actividad; mientras que en aquellos ratones que nunca habían estado aislados no se observaban cambios.

Finalmente, también se demostró que la inhibición de ese grupo neuronal causaba la supresión del afán de socializar.

En el cerebro, la sensación de “querer algo” (motivación), está mediado por un sistema de recompensa compuesto por un conjunto de vías neuronales que permiten el flujo de in- formación entre las diferentes estructuras involucradas en el procesamiento de las recompensas. Las neuronas dopami- nérgicas del área tegmental ventral modulan el flujo de in- formación a través de proyecciones al núcleo accumbens, la amígdala, el hipocampo, la corteza prefrontal y el globo pálido ventral. Cada uno de estos sistemas tienen proyecciones superpuestas al núcleo accumbens, donde todo se integra bajo la influencia moduladora de la dopamina (Grace et al, 2007). La trayectoria de los axones dopaminérgicos que se originan en el área tegmental ventral (VTA) y se proyectan hacia el núcleo accumbens y la corteza prefrontal, que corresponde al sistema dopaminérgico mesolímbico (Bear et al, 2008).

Tanto en animales como en humanos, el circuito de recom- pensa se activa ante gratificaciones inesperadas, que condu- cen a la activación por etapas de las neuronas que liberan DA en el mesencéfalo.

La activación del mesencéfalo y el cuerpo estriado se asocia con sentir deseo en los humanos, en especial como respuesta a imágenes de alimentos si se tiene apetito. Situación que también experimentan las personas con adición ante imáge- nes relacionadas con las drogas.

En los animales gregarios, las interacciones sociales actúan como recompensas primarias, inherentemente placenteras y motivan el comportamiento de búsqueda en ausencia de cualquier otra recompensa. Como ya hemos mencionado, un breve período agudo de aislamiento social en roedores induce una mayor motivación para la posterior interacción social. Esta mayor sociabilidad depende de las neuronas DA mesencefálicas, como los otros tipos de deseo.

Lo novedoso de la investigación hecha en el Department of Brain and Cognitive Sciences, M.I.T. es que se basó en humanos.

Partieron de la hipótesis de que las situaciones de aisla- miento forzoso son un ayuno social; equiparable a un ayuno de alimentos.

Los científicos le pidieron a un grupo de voluntarios que se mantuvieran en su habitación sin contacto de ningún tipo (real o virtual) con nadie y sin salir por un lapso de 10 hs.

Les hicieron completar un autoinforme antes y después del aislamiento. Y analizaron con resonancia magnética funcional la actividad cerebral del grupo aislado y la compararon con un grupo que había guardado ayuno durante todo el día. Al gru- po aislado les mostraban imágenes de personas socializando (hablando, paseando, etc.) mientras que al grupo “ayuno” les mostraban imágenes de comidas.

Las vías dopaminérgicas son esenciales para la motivación, y nos impulsan a obtener satisfacción a través de compor- tamientos relacionados con nuestra subsistencia. En primer lugar, comer, pero también sostener relaciones sexuales (sub- sistencia de la especie) y adquirir información del entorno (subsistencia del individuo). Por ese motivo no resultó sor- prendente, y era lo esperado, que en los sujetos que habían ayunado, la observación de alimentos activara el área tegmen- tal ventral y la sustancia negra, donde están las neuronas do- paminérgicas.

Lo significativo ha sido que el grupo de “los aislados”, ante la visión de personas socializando producía exactamente la misma activación que el grupo “ayuno” al observar imágenes de comida, una intensa actividad del área tegmental ventral y de la sustancia negra.

Esto estaría mostrando que la socialización es tan importan- te, motivacionalmente, como el estímulo de comer.

También podemos inferir, por estudios previos en animales que, del mismo modo que pasa ante la falta de alimento que se tiende a ingerir mayor cantidad, la carencia de recompensa social produciría una tendencia a buscar compensación. Y en caso de no poder satisfacerla con interacción social habría una tendencia a compensarlo ingiriendo mayor cantidad de alimento, u otros estímulos que activen estos circuitos de recompensa, como alcohol u otras sustancias, (estudios en animales han demostrado que tienden a ingerir drogas en un dispositivo experimental). Poniendo el aislamiento social agudo, a las personas en riesgo de adicción.

Pero, además, la vía dopaminérgica, cuando la situación se prolonga, sufre una desensibilización del sistema de recom- pensa y el deseo se debilita, produciendo una disminución de la motivación, que nos lleva a una situación de anhedonia (incapacidad para sentir placer) que es una de las caracterís- ticas de la depresión.

¿Cómo estimular nuestra resiliencia ante esto? También se sabe que la falta de alimentos nos impulsa a desarrollar herra- mientas nuevas u ocultas que les permite a nuestros organis- mos buscar alternativas para subsistir. Si continuamos homo- logando el aislamiento social con el ayuno, este aislamiento pude fortalecer capacidades de comunicación o interacción social no exploradas hasta ahora, estimulando y forzando nuestros recursos psíquicos para ello.

Finalmente, los investigadores se plantean una pregunta para el futuro, cuánto y qué tipos de interacción social positi- va son suficientes para satisfacer esta necesidad básica y, por lo tanto, eliminar la respuesta de craving social.

Y nosotros nos podemos preguntar también ¿Cómo es la ac- ción de la psicoterapia en el cerebro social?, ¿Cómo influyen los antidepresivos en nuestra sociabilización?, aunque sea especulativamente. ¿El miedo y la incertidumbre juegan en contra?, ¿Cómo influyen los medios de comunicación y la di- fusión de las noticias?

Y finamente ¿nuestro “cerebro social” tiene la suficiente capacidad plástica para readaptarse a estas circunstancias?