Alicia Kabanchik

RESUMEN 

La espiritualidad ha adquirido relevancia creciente en el estudio del envejecimiento y de la salud mental, en relación con la calidad de vida, el bienestar psicológico y el afrontamiento de la finitud. No obstante, su incorporación en la psiquiatría contemporánea continúa siendo objeto de debate.

El presente trabajo propone una reflexión teórica y clínica sobre esta temática en adultos mayores, sustentada en evidencia empírica reciente y en desarrollos de la neurociencia y la psicología existencial. Como eje empírico se toma un metaanálisis que demuestra una asociación consistente entre mayores niveles de espiritualidad y mejores indicadores psicológicos, incluyendo menor prevalencia de depresión y ansiedad, así como mayor bienestar, satisfacción vital y sentido de vida (1).

Desde un enfoque neurocientífico se consideran los desarrollos de Damasio y Panksepp, que permiten comprender estos fenómenos como expresiones de procesos neuroafectivos vinculados con la regulación emocional, la motivación y la homeostasis. Asimismo, se revisa la contribución de Frankl, cuya concepción de la búsqueda de sentido resulta especialmente pertinente para pensar el envejecimiento como etapa de integración biográfica y elaboración de la finitud.

Se concluye que la espiritualidad constituye un recurso significativo en la última etapa de la vida, no como forma de evasión, sino como modalidad madura de afrontamiento y resignificación de la experiencia. Su inclusión en los modelos de atención implica ampliar la comprensión del bienestar psicológico, integrando el sentido y la historia personal como componentes legítimos del cuidado en salud mental.

Palabras claveEspiritualidad; Salud mental; Envejecimiento; Adultos mayores; Psiquiatría; Sentido de vida.

Introducción 

El envejecimiento poblacional constituye uno de los principales desafíos contemporáneos para los sistemas de salud y, en particular, para la psiquiatría. El aumento sostenido de la esperanza de vida ha situado en primer plano problemáticas vinculadas no solo al deterioro cognitivo y a la comorbilidad médica, sino también al bienestar psicológico, al sentido de vida y a la calidad de la experiencia en la última etapa vital. En este escenario, la espiritualidad ha emergido como un factor relevante, aunque todavía insuficientemente incorporado a los modelos clínicos tradicionales.

Pese a su presencia constante en la experiencia de las personas mayores, este fenómeno ha ocupado históricamente un lugar ambiguo dentro de la disciplina. Con frecuencia fue relegado al ámbito privado, asociado exclusivamente a la religiosidad o considerado ajeno al abordaje científico. Esta exclusión generó una brecha entre la práctica clínica, donde las preguntas por el sentido, la finitud y la trascendencia aparecen de manera recurrente, y los marcos teóricos dominantes, centrados principalmente en el modelo biomédico y sintomático.

En las últimas décadas se ha producido un cambio progresivo. Diversos estudios han mostrado que, entendida de manera amplia y no confesional, se asocia con indicadores favorables de salud mental en adultos mayores. Este desplazamiento ha impulsado la reconsideración de su estatus, ya no como elemento accesorio o meramente cultural, sino como componente relevante del bienestar psicológico.

El interrogante que orienta este trabajo puede formularse del siguiente modo: ¿Qué lugar ocupa la espiritualidad en la salud mental de los adultos mayores y cómo puede comprenderse desde un marco psiquiátrico contemporáneo, basado en evidencia y no confesional?

Con el fin de abordar esta cuestión, se propone una reflexión teórico-clínica articulada en tres ejes. En primer lugar, se toma como referencia un metaanálisis reciente que sintetiza la evidencia disponible sobre la relación entre espiritualidad y salud mental en esta población (1). En segundo lugar, se incorporan desarrollos de la neurociencia contemporánea —particularmente los trabajos de Damasio y Panksepp— que permiten interpretar estos fenómenos como expresiones de procesos neuroafectivos vinculados con la regulación emocional, la motivación y la homeostasis. Finalmente, se revisa críticamente la contribución de Frankl, cuya concepción de la búsqueda de sentido resulta pertinente para pensar el envejecimiento como etapa de integración biográfica y elaboración de la finitud.

Lejos de proponer una síntesis reductiva, el trabajo adopta una perspectiva integradora por niveles, reconociendo que esta experiencia puede abordarse simultáneamente como vivencia subjetiva, proceso neurobiológico y actitud existencial. Desde este enfoque, su incorporación en la comprensión del envejecimiento no implica abandonar el rigor científico, sino ampliar el horizonte de la psiquiatría para dar cuenta de dimensiones centrales de la experiencia humana en la última etapa de la vida.

Espiritualidad: delimitación conceptual

El concepto presenta una notable polisemia, lo que ha contribuido tanto a su riqueza como a su ambigüedad dentro del campo de la salud mental. En la literatura psiquiátrica y psicológica, el término se ha utilizado para designar fenómenos diversos, desde la adhesión a creencias religiosas hasta experiencias subjetivas de sentido, trascendencia y conexión. Esta heterogeneidad ha dificultado su integración en marcos clínicos y científicos, lo que hace necesaria una delimitación precisa.

En este trabajo no se la equipara a la religiosidad institucional ni se la reduce a prácticas rituales o doctrinarias. Aunque tales expresiones pueden formar parte de la vivencia de muchas personas mayores, se la entiende en un sentido más amplio: como la capacidad de buscar y construir significado, establecer vínculos significativos consigo mismo, con los otros y con la vida en su conjunto, e integrar la finitud dentro de una narrativa coherente.

Esta definición se alinea con formulaciones contemporáneas que la describen como una dimensión existencial vinculada con valores, propósito y significado, no necesariamente asociada a sistemas religiosos específicos. Desde este enfoque, se trata de un proceso dinámico que puede expresarse de formas religiosas, seculares, simbólicas o relacionales, y que se transforma a lo largo del ciclo vital.

En la última etapa de la vida, este componente adquiere especial relevancia. El envejecimiento implica transiciones que interpelan directamente al sentido de la existencia: jubilación, pérdida de roles sociales, duelo, deterioro corporal y mayor conciencia de la finitud. En este escenario, puede operar como recurso de integración biográfica, favoreciendo la resignificación de la historia personal, la aceptación de pérdidas y la continuidad del yo pese a las limitaciones presentes.

Un aspecto central de esta delimitación es la distinción entre vivencia intrínseca y expresiones externas o normativas. La evidencia muestra que los efectos más consistentes sobre la salud mental se observan cuando se experimenta de manera internalizada y significativa, más que como práctica impuesta o meramente formal (2,1). Esta modalidad intrínseca se asocia con mayor coherencia interna, flexibilidad emocional y capacidad de afrontamiento.

Desde el punto de vista clínico, esta definición resulta especialmente pertinente. Comprenderla como dimensión del sentido y no como variable religiosa permite incorporarla al diálogo terapéutico sin invadir la intimidad del paciente ni imponer marcos ideológicos. Se manifiesta en interrogantes acerca del valor de la propia vida, el legado, la reconciliación con el pasado y la manera de habitar el tiempo restante. Tales preguntas, frecuentes en la clínica con adultos mayores, no pueden reducirse a síntomas sin empobrecer la comprensión del sufrimiento psíquico.

Finalmente, reconocerla como componente constitutivo de la experiencia humana en el envejecimiento implica admitir que el bienestar psicológico no se limita a la ausencia de patología. Introduce una perspectiva cualitativa centrada en la plenitud subjetiva, el sentido y la integración vital. Esta delimitación sienta las bases para examinar la evidencia empírica y los modelos teóricos que permiten comprender sus mecanismos subyacentes.

Espiritualidad y salud mental en la vejez: evidencia empírica

El interés por la relación entre espiritualidad y salud mental en adultos mayores ha aumentado de manera significativa en las últimas décadas. Durante un tiempo, sin embargo, la evidencia se presentó de forma fragmentaria, con resultados heterogéneos y definiciones conceptuales diversas. En este escenario, la revisión sistemática y metaanálisis realizados por Coelho-Júnior y colaboradores constituyen un aporte relevante, al ofrecer una síntesis rigurosa y actualizada de la literatura internacional sobre el tema (1).

El estudio integra más de ciento treinta investigaciones observacionales desarrolladas en distintos países y contextos culturales, con una muestra global cercana a ochenta mil participantes. Esta amplitud otorga robustez a las conclusiones y permite analizar el fenómeno como variable transversal, no restringida a tradiciones religiosas específicas ni a entornos socioculturales particulares.

Los resultados muestran de manera consistente que mayores niveles de espiritualidad se asocian con mejores indicadores psicológicos. En particular, se observa una relación significativa con menor prevalencia de síntomas depresivos y ansiosos, dos de las problemáticas más frecuentes y clínicamente relevantes en esta etapa del ciclo vital. Esta asociación se mantiene aún tras ajustar por variables sociodemográficas y de salud física, lo que sugiere un efecto independiente como factor de protección psicológica (1).

Además de la reducción del malestar emocional, el estudio identifica una asociación positiva con bienestar psicológico, entendido no solo como ausencia de síntomas, sino como presencia de afecto positivo, satisfacción vital y percepción de calidad de vida. Este hallazgo indica que no cumple únicamente una función paliativa frente al sufrimiento, sino que también se vincula con experiencias de plenitud subjetiva.

Un aspecto central del metaanálisis es la identificación del sentido de vida como mediador relevante en la relación con la salud mental. Las personas con mayores niveles de espiritualidad tienden a reportar un sentido vital más consolidado, asociado a menores niveles de depresión y mayor satisfacción con la vida (1). Este vínculo respalda la hipótesis de que opera como marco de significado que facilita la integración de pérdidas y cambios propios del envejecimiento dentro de una narrativa coherente.

Asimismo, los beneficios observados resultan más consistentes cuando se experimenta de manera intrínseca —como vivencia personal y significativa— y no exclusivamente como práctica externa o normativa. Esta distinción tiene implicancias clínicas relevantes: no sería la adhesión formal a un sistema de creencias lo que protege la salud mental, sino la apropiación subjetiva del sentido y los valores que tales creencias pueden ofrecer.

Desde una perspectiva psiquiátrica, estos hallazgos invitan a reconsiderar su lugar dentro de los modelos explicativos del envejecimiento. Dado que esta etapa se asocia con mayor vulnerabilidad a trastornos del estado de ánimo, en parte debido a la acumulación de pérdidas y a la reducción de recursos externos, puede funcionar como factor de resiliencia, contribuyendo al mantenimiento de la autoestima, la esperanza y la coherencia interna frente a condiciones adversas.

Es importante señalar que la revisión no presenta este constructo como sustituto de intervenciones terapéuticas convencionales, sino como componente complementario que interactúa con otros determinantes del bienestar psicológico. La evidencia sugiere que su integración en la evaluación clínica puede enriquecer el acompañamiento, especialmente en casos donde predominan el vacío existencial, la desesperanza o el temor a la muerte.

En síntesis, la revisión sistemática aporta evidencia sólida sobre su relevancia en la salud mental de adultos mayores (1). Los datos disponibles indican una asociación tanto con reducción del malestar emocional como con promoción del bienestar y del sentido vital. Este cuerpo de evidencia constituye un punto de partida para explorar los mecanismos neurobiológicos y existenciales que podrían explicar dicha relación.

Aportes de la neurociencia: emoción y regulación

La evidencia empírica que vincula la espiritualidad con la salud mental en adultos mayores plantea una cuestión central para la psiquiatría contemporánea: ¿a través de qué procesos psicológicos y neurobiológicos ejerce su posible efecto protector? Los desarrollos de la neurociencia afectiva y cognitiva permiten avanzar en esta dirección al mostrar que las experiencias de sentido, conexión y trascendencia se apoyan en sistemas cerebrales vinculados con la emoción, la motivación y los procesos de regulación emocional y adaptativa. Estos sistemas participan en la organización de las respuestas del organismo frente a situaciones de cambio, pérdida o incertidumbre, contribuyendo a sostener la estabilidad afectiva y la capacidad de afrontamiento. Desde esta perspectiva, las experiencias espirituales pueden entenderse como formas complejas de integración entre procesos emocionales, motivacionales y cognitivos que favorecen la adaptación psicológica a las transiciones propias del envejecimiento.

Damasio: sentimiento, homeostasis y sentido

La obra de Damasio ha contribuido de manera decisiva a superar la dicotomía clásica entre mente y cuerpo, destacando el papel central de los sentimientos en la vida mental. Según su planteo, los sentimientos no constituyen epifenómenos subjetivos, sino representaciones conscientes de estados corporales, estrechamente vinculadas con la regulación de la vida (3,4).

Desde esta perspectiva, la mente se organiza en torno a procesos de homeostasis, entendidos como la tendencia del organismo a mantener condiciones internas compatibles con la supervivencia y el bienestar. En el ser humano, esta regulación biológica se amplía hacia una homeostasis psicológica y social, en la que valores, normas y significados desempeñan un papel fundamental.

En El extraño orden de las cosas, el autor propone que fenómenos como la moral, la cultura y las creencias pueden interpretarse como extensiones de estos mecanismos reguladores (4). En este marco, la espiritualidad no aparece como dimensión ajena a la biología, sino como expresión compleja del esfuerzo cerebral por preservar el equilibrio emocional y el sentido de la vida.

Aplicada al envejecimiento, esta concepción resulta pertinente. A medida que la homeostasis fisiológica se torna más vulnerable por el deterioro corporal o la enfermedad, pueden intensificarse los recursos simbólicos y emocionales orientados a sostener el equilibrio interno. En este contexto, puede interpretarse como modalidad avanzada de regulación afectiva, facilitando la integración de experiencias de pérdida, vulnerabilidad y finitud dentro de un marco significativo.

Desde el punto de vista clínico, esta lectura ofrece un fundamento plausible para comprender por qué las personas mayores con mayor involucramiento espiritual reportan mejor bienestar psicológico. Tales vivencias se asocian con afecto positivo, coherencia interna y continuidad del yo, procesos vinculados con circuitos de regulación emocional que involucran la corteza prefrontal, el sistema límbico y redes de autoconciencia (3).

Panksepp: sistemas afectivos primarios

Mientras Damasio enfatiza la integración entre emoción y conciencia, Panksepp aporta una perspectiva complementaria desde la neurociencia afectiva. Su modelo postula la existencia de sistemas emocionales primarios, filogenéticamente antiguos y compartidos por los mamíferos, que constituyen la base de la motivación y la vida afectiva (5,6).

Entre estos sistemas se destacan el SEEKING (búsqueda y motivación), el CARE (apego y cuidado) y el PANIC/GRIEF (respuesta a la pérdida y separación). Estos circuitos subcorticales generan estados afectivos fundamentales que, en el ser humano, pueden elaborarse simbólicamente y adquirir significados complejos.

Desde esta perspectiva, las experiencias espirituales pueden entenderse como elaboraciones culturales y cognitivas de sistemas afectivos básicos, particularmente aquellos vinculados con la búsqueda de conexión, el afrontamiento de la pérdida y el anhelo de continuidad. En la vejez, la activación de circuitos relacionados con el duelo y la reducción de estímulos externos puede intensificar la necesidad de pertenencia y significado.

En este marco, tales experiencias pueden funcionar como mecanismos de reorganización afectiva, canalizando emociones primarias hacia narrativas de trascendencia o legado. Este proceso podría contribuir a disminuir el impacto del aislamiento y la desesperanza, favoreciendo mayor estabilidad emocional y resiliencia.

No obstante, el modelo de Panksepp no aborda de manera directa la dimensión reflexiva del sentido. Su aporte resulta especialmente valioso para comprender la base neuroafectiva de la búsqueda de conexión, aunque requiere complementarse con enfoques que consideren la construcción consciente del significado.

Consideraciones integradoras

Considerados en conjunto, estos aportes permiten comprender la espiritualidad como fenómeno neuroafectivo encarnado, vinculado con la regulación emocional, la motivación y la adaptación frente al cambio. Lejos de reducirla a un subproducto biológico, estas perspectivas sugieren que la búsqueda de sentido y trascendencia responde a necesidades profundas del organismo humano.

En la última etapa de la vida, marcada por mayor fragilidad y confrontación con la finitud, estos mecanismos adquieren relevancia particular. Puede entenderse entonces como respuesta adaptativa compleja que articula emoción, corporalidad y significado para sostener el bienestar psicológico. Este marco explicativo resulta coherente con la evidencia empírica previamente revisada y prepara el análisis de la dimensión existencial desde la perspectiva de Frankl.

Espiritualidad y sentido en la vejez

La obra de Viktor E. Frankl ocupa un lugar relevante en la reflexión contemporánea sobre la relación entre espiritualidad y salud mental. Psiquiatra vienés y fundador de la logoterapia, desarrolló su pensamiento a partir de la premisa de que la motivación fundamental del ser humano no es la búsqueda de placer ni de poder, sino la búsqueda de sentido (7). Esta formulación otorga a la espiritualidad un estatuto específico dentro de la vida psíquica, al situarla como dimensión constitutiva de la existencia y no como fenómeno accesorio.

Para Frankl, no se identifica necesariamente con la religión, sino con la capacidad de autotrascendencia y de orientación hacia valores, tareas o vínculos que confieren significado a la vida. Esta orientación permitiría conservar dignidad y coherencia interior incluso en situaciones extremas. Su conocida afirmación acerca de la libertad de elegir la actitud frente a las circunstancias sintetiza esta concepción antropológica.

La pertinencia de este planteo para el envejecimiento se vincula con las múltiples pérdidas —corporales, sociales y simbólicas— y con la proximidad de la muerte que caracterizan esta etapa. Desde esta perspectiva, no constituiría necesariamente un período de declive existencial, sino una instancia potencial de integración biográfica, en la que puede otorgarse significado a la trayectoria vital y asumirse la finitud como componente inherente a la existencia.

En este marco, aparece como recurso relevante frente al sufrimiento inevitable. Frankl distingue entre sufrimiento evitable —susceptible de intervención— y sufrimiento inevitable, que puede resignificarse a través del sentido (7). En el envejecimiento, donde ciertas limitaciones no pueden revertirse, esta distinción adquiere relevancia clínica. La posibilidad de encontrar significado en la experiencia vivida se asocia con preservación de autoestima, esperanza y dignidad personal.

Los planteos franklianos encuentran convergencia parcial con la evidencia empírica contemporánea. El metaanálisis previamente referido muestra asociación consistente entre espiritualidad, mayor sentido vital y mejores indicadores de salud mental en adultos mayores (1). Desde esta perspectiva, la “voluntad de sentido” podría interpretarse como uno de los mecanismos mediadores en dicha relación.

No obstante, una lectura actual requiere considerar también sus límites. La antropología tripartita propuesta por Frankl —cuerpo, psique y espíritu— mantiene una diferenciación conceptual que puede resultar problemática a la luz de desarrollos neurocientíficos recientes, los cuales conciben estas experiencias como procesos encarnados e inseparables del funcionamiento cerebral y corporal (4). Asimismo, el énfasis en la libertad interior podría, si se interpreta de manera acrítica, minimizar la influencia de condicionantes biológicos y sociales que inciden de forma significativa en personas mayores.

Desde esta perspectiva, no puede concebirse exclusivamente como acto voluntario consciente, sino también como proceso influido por mecanismos de regulación emocional, motivación y capacidades cognitivas. Los aportes de la neurociencia afectiva muestran que la búsqueda de sentido se apoya en sistemas neurobiológicos vinculados con la motivación, el apego y la homeostasis emocional (5,4).

Releído en este marco integrador, el pensamiento de Frankl mantiene relevancia conceptual. Su contribución principal radica en haber situado el sentido de vida en el centro de la reflexión sobre salud mental. En el envejecimiento, esta formulación permite comprenderla como actitud activa frente a la finitud, más que como negación de la pérdida o ilusión compensatoria.

En síntesis, la propuesta frankliana aporta una dimensión existencial relevante para el análisis del envejecimiento. Si bien requiere actualización a la luz de desarrollos neurocientíficos contemporáneos, la idea de que el sentido constituye componente central del bienestar psicológico encuentra respaldo empírico actual. Integrada de manera crítica, su perspectiva amplía la comprensión psiquiátrica del envejecimiento al incorporar el significado y la dignidad como dimensiones clínicas pertinentes.

Implicancias clínicas para la psiquiatría

La consideración de la espiritualidad como componente relevante de la salud mental en adultos mayores plantea desafíos y oportunidades para la práctica psiquiátrica. Tradicionalmente, los modelos clínicos han priorizado el abordaje sintomático, la comorbilidad médica y el deterioro funcional, relegando a un segundo plano las preguntas existenciales que suelen intensificarse en esta etapa. La evidencia empírica y los desarrollos teóricos revisados sugieren que omitir esta dimensión puede conducir a una comprensión parcial del sufrimiento psíquico en esta población.

Desde el punto de vista clínico, su incorporación no supone introducir creencias religiosas ni adoptar posiciones confesionales, sino reconocer el lugar del sentido en la evaluación y el acompañamiento terapéutico. En la práctica, ello se traduce en una escucha atenta a interrogantes vinculados con el valor de la propia vida, el legado, la pérdida, la culpa, el perdón o la muerte. Tales preocupaciones no constituyen necesariamente indicadores de psicopatología, sino expresiones de elaboración existencial propias del envejecimiento.

La revisión sistemática previamente citada muestra asociación entre mayores niveles de espiritualidad y menor prevalencia de depresión y ansiedad, así como mayor bienestar psicológico (1). Desde una perspectiva clínica, estos datos sugieren que puede funcionar como factor protector y modulador del malestar emocional, especialmente cuando los recursos externos disminuyen. Reconocer este potencial permite identificar fortalezas subjetivas que podrían pasar inadvertidas en evaluaciones centradas exclusivamente en déficits.

Los aportes de la neurociencia contribuyen a comprender que las experiencias de sentido y trascendencia participan en procesos de regulación emocional y homeostasis psicológica (4). En este marco, puede considerarse un recurso de autorregulación que favorece estabilidad afectiva, particularmente relevante cuando los sistemas biológicos de regulación se tornan más vulnerables.

En la práctica psiquiátrica, esto requiere adoptar una actitud integradora que evite tanto su patologización como su idealización. Puede constituir fuente de consuelo y resiliencia, pero también asociarse a conflictos, temores o culpas que demanden elaboración terapéutica. El rol del clínico no consiste en validar acríticamente creencias, sino en acompañar el proceso de significación respetando singularidad y contexto cultural.

Otro aspecto para considerar es su lugar en el abordaje del sufrimiento inevitable. No todo malestar en esta etapa es susceptible de eliminación mediante intervenciones farmacológicas o psicoterapéuticas convencionales. En tales casos, puede ofrecer un marco simbólico para tolerar incertidumbre, aceptar pérdidas y sostener dignidad, sin negar el dolor ni reducirlo a categoría sintomática. Esta función adquiere particular relevancia en contextos de enfermedad crónica, discapacidad o proximidad del final de la vida.

Finalmente, su integración en la práctica psiquiátrica conlleva una reflexión ética. Reconocer esta dimensión supone respetar autonomía, historia y valores del paciente, evitando imposiciones interpretativas o reduccionismos diagnósticos. No se trata de una técnica específica, sino de un componente transversal de la relación terapéutica que amplía la comprensión del sufrimiento y del bienestar en el envejecimiento.

En conjunto, estos elementos sugieren que su inclusión en la práctica clínica no sustituye abordajes tradicionales, sino que puede complementarlos al ampliar el marco interpretativo del malestar psíquico en adultos mayores.

Conclusiones

El presente trabajo analizó el lugar de la espiritualidad en la salud mental de adultos mayores desde una perspectiva psiquiátrica contemporánea, sustentada en evidencia empírica, desarrollos de la neurociencia y una lectura crítica de la psicología existencial. Se procuró evitar tanto su idealización acrítica como su exclusión del campo clínico, sosteniendo que constituye un componente relevante del bienestar psicológico en esta etapa.

La revisión sistemática citada aporta fundamento empírico consistente, al mostrar asociación entre mayores niveles de espiritualidad y menor prevalencia de depresión y ansiedad, así como mayor bienestar y sentido vital (1). Estos hallazgos, observados en contextos culturales diversos, indican que no se trata de un fenómeno marginal ni circunscripto a determinadas tradiciones religiosas, sino de un componente transversal de la experiencia humana en el envejecimiento.

Los desarrollos neurocientíficos revisados permiten interpretar estos resultados desde un marco no reduccionista. Los planteos de Damasio y Panksepp sugieren que las experiencias de sentido y conexión se apoyan en mecanismos neuroafectivos vinculados con la regulación emocional y la homeostasis. En el envejecimiento, cuando la vulnerabilidad biológica se incrementa, estos procesos pueden adquirir particular relevancia para el equilibrio psicológico.

Desde el enfoque existencial, la lectura crítica de Frankl aporta elementos para comprender el papel del sentido en esta etapa. Su propuesta permite considerar el envejecimiento no solo como período de pérdidas, sino también como instancia potencial de integración biográfica y resignificación del sufrimiento. Si bien su marco conceptual requiere articulación con modelos neurobiológicos contemporáneos, la centralidad del sentido en la salud mental encuentra respaldo empírico actual.

En conjunto, los enfoques examinados permiten considerar la espiritualidad no como forma de evasión ni simple estrategia compensatoria, sino como modalidad compleja de relación con la propia existencia, en la que se integran emoción, corporalidad y significado. Más que negar la fragilidad y la finitud, puede facilitar su elaboración subjetiva y contribuir a la coherencia interna.

Desde el punto de vista clínico, su incorporación en la práctica psiquiátrica no implica adoptar posiciones confesionales ni sustituir intervenciones convencionales, sino ampliar el marco interpretativo del sufrimiento psíquico en adultos mayores. Reconocer las preguntas por el sentido y la finitud como parte legítima de la experiencia clínica puede favorecer una atención más integral y contextualizada.

En un escenario de envejecimiento poblacional creciente, integrar esta dimensión en los modelos de salud mental del envejecimiento aparece como una línea de desarrollo teórico y clínico pertinente, orientada a una comprensión más amplia del bienestar y la calidad de vida en esta etapa.

Referencias

1. Coelho-Júnior HJ, Calvani R, Panza F, Allegri RF, Picca A, Marzetti E, et al. Religiosity/Spirituality and mental health in older adults: a systematic review and meta-analysis of observational studies. Front Med. 2022;9:877213.

2. Koenig HG. Religion, spirituality, and health: the research and clinical implications. ISRN Psychiatry. 2012;2012:278730.

3. Damasio A. Y el cerebro creó al hombre. Barcelona: Destino; 2010.

4. Damasio A. El extraño orden de las cosas: la vida, los sentimientos y la creación de las culturas. Barcelona: Destino; 2018.

5. Panksepp J. Affective neuroscience: the foundations of human and animal emotions. New York: Oxford University Press; 1998.

6. Panksepp J, Biven L. The archaeology of mind: neuroevolutionary origins of human emotions. New York: W. W. Norton; 2012.

7. Frankl VE. El hombre en busca de sentido. Buenos Aires: Herder; 1959.

8. Frankl VE. La presencia ignorada de Dios. Barcelona: Herder; 1969.